Tal y Como Me Lo Contara Ánibal
(En realidad no es tal y como me lo contaron... maldita imaginación)
En mi afán por lucir como el ejemplo contemporáneo del mismo Adonis pero con el ulterior motivo de seducir y añadir a más incautas a mi lista de conquistas, me sumergí en un régimen de levantamientos de pesas que me llevaría a desarrollar los músculos de mi flácido cuerpo. Mi visión era la de marcar cada fibra de mis tejidos y fibras musculares como la de aquellos que uno ve en esas revistas alusivas al bienestar del hombre, reconociendo secretamente y tirando por la borda la cobardía de reconocer la belleza masculina.
Mi cuerpo respondió, aunque tímidamente, a las rutinas diseñadas para resaltar mis bíceps, pectorales, espalda y mi abdomen de six packs light y piernas tan poderosas como las de Serena Williams. Así que era propicio estimular la producción de hormonas que pudieran ayudarme a desarrollar más mis músculos y mi apariencia. Descubrí las sustancias naturales adecuadas para estimular la secreción de la más macharranas de las hormonas, la testosterona. Huyéndole al uso de esteroides anabólicos, ingerí estas cositas que prometían el incremento de la hormona de la masculinidad, el elíxir de la virilidad, el promotor del libido y el escultor de las fibras rojas de los músculos escondidos bajo mi piel.
Y fue luego de semanas de limitado progreso que descubrí que la fuente de la juventud en la promesa del incremento de la testosterona en mí me jugó una mala pasada. Mi cuerpo se inundaba de esa cosa, la hormona de la hombría se paseaba por mi sangre y por mi sistema endocrino, bañando mis músculos, paseándose por mi órgano viril erigiendo los más impresionantes eventos que dejaría la Parada Boricua en vergüenza.
Al tiempo, y sin darme cuenta, estaba yendo al cine a ver películas de comedia románticas en los que casi siempre yo terminaba llorando, me ponía insoportable, tenía modos variados y me ponía muy sensible. Estaba hecho un chango, un llorón, a veces histérico, me estaba sintiendo como una mujercita. Comencé a extrañar mis erecciones matutinas, ya veía a mi vecina del apartamento del otro edificio y no me daban ganas de comerle cada pulgada de su vientre, ya no le dedicaba mis horas de soledad pensando en ella mientras castigaba cruelmente a mi ya no tan viril objeto sexual.
Mis senos comenzaron a ponerse más sensibles y abultados… abultados. Noten como los llamé senos y no tetillas como un buen macho debería referirse a sus mamarias masculinas. Estaban creciendo, pero como es posible con este derroche de testosterona invadiendo mi cuerpo me pueda pasar esto. Con el corillo en la playa al quitarme la camisa las miradas curiosas o de espanto se entrecruzaban entre ellos y con fracasado disimulo me miraban el pecho y no con tanta admiración. Guillermo me miraba con una cara con un dejo de lascivia y Madeleine con una pizca de envidia o de celos ¿Qué carajo es?
Tengo tetas, y las siento, nunca las había sentido en toda mi puta vida, ¿ven? Me dije puta. De hecho, en mi vida jamás las había notado, nunca había reparado en mis tetas, ni pezones, ni siquiera sé como se veían antes, solo como se ven ahora. Tuve que dejar de usar mis pretensiosas camisas ajustadas porque dibujan el contorno de unos ya no tan incipientes senos, como los de una nena pre-adolescente.
Para entonces, navegando en la internet y luego de ver un capítulo de Lipstick Jungle (sí ya sé), encontré la razón de mi problema. En esta saturación de testosterona, macharranes y llenos de hombría endocrina que recorrían todo mi cuerpo, la naturaleza en su infinita búsqueda del balance universal para evitar el caos, convertía parte de la testosterona en estradiol o estrógeno. Por eso es que Dios no necesariamente hizo todo perfecto, por ejemplo, en el caso de la mujer el hecho de que la vagina (crica o chocha para los que no entiendan) está extremadamente muy cerca del roto del culo (bueno en verdad el culo es por sí el roto, por eso muchos dicen que el culo no existe, porque es un roto) provocando la mayoría de las infecciones vaginales y el hecho que se convierta más testo en estro de lo necesario en el caso de los hombres.
El caso es que el cuerpo usa una enzima llamada Aromatosa o algo así que convierte la masculina y destemplada testosterona en un chango y calculador estrógeno. Eso no sería tan malo, si no fuera por el hecho de que este batallón de testosterona convertidas en estrógeno, una especie de trasvestismo a nivel celular, ocupan los mismos receptores en las células que las de testosterona. De este modo no importa si tienes el Niágara de Testosterona navegando en tu cuerpo las mismas no tienen espacio para ubicarse en las células porque ya están ocupadas por un estrógeno bicha y cabrona, gracias a esta otra cabrona que es la Aromatosa. Por eso es que gracias al estrógeno que invadió el espacio que se supone que la testosterona ocupara, te vuelves sensible, lloras por cualquier estupidez, te salen tetas, te comportas como un bicho, empiezas a retener agua y grasa y testificas con cierto terror como tu abdomen se esta hinchando, bueno te conviertes virtualmente en una mujer. Y es que el estrógeno, hormona femenina al fin, se quiere quedar con toda la célula, se comporta como una bicha y quiere que tú te comportes como ella, que seas sensible, bicha, irritable, gorda y que te falle la memoria selectivamente.
Así aprendí que la testosterona es lo que mantiene ese instinto animal que hay dentro de cada macharrán, esa inclinación de introducir nuestros miembros sexuales en cada culito hermoso, con nalgas simétricas y redondamente formadas que dibujan caderas anchas y cinturas angostas con senos que nuestros cerebros piensan que son mamables porque así podrán parir y amamantar a nuestros hijos. Eso es nuestro cerebro, es el secreto que ha ayudado a la evolución de las especies y por ende a los humanos. Todo es enzimas, hormonas, conexión, cerebro, instintos, la racionalidad casi es vencida por estas reacciones químicas dentro de nuestros cuerpos. Las ganas de cazar, de pelear, la agresividad, todo eso lo produce la testosterona.
Además, por los cabrones estrógenos se te achican las bolas, testículos para los finos, se te acorta el bicho, pene para los finos, y no se te para mano. Y ahí estás, cayéndosete el pelo, con el bicho mongo y chiquito y con tetas llorando como una nena sin saber en realidad por qué. Tetas que te salen porque lo que te da es algo conocido como la Gymecomastia que es el término médico de lo más lindo para describir a un hombre con tetas.
El estrógeno ayuda a tener huesos fuertes, está bien. Pero te hace demasiado sensible, te conmueve cosas que antes te importaban un culo. Entonces te deprimes y como cualquier otra mujer te da por ir de compras y a tener una inclinación casi absurda por comprar zapatos. Tengo tres pares nuevos bien chulos que compré en los outlets, unos formales y dos casuales que combinan bien chévere… ¿Ven de lo que les hablo?
También aprendí que ser vegetariano y un hombre no la hace. Por eso es que la mayoría de los vegetarianos hombres son gays, y los que no lo son eventualmente lo serán. Y es que necesitamos ser omnívoros, debemos comer de todo, especialmente carnes y huevos para tener proteínas y otros nutrientes como el zinc, magnesio y otros que nos protejan la próstata y nos ayuden a tener más testo. Sino protegen sus prostatas les dará cáncer y te la sacaran y posiblemente te quedarás impotente sin que la Viagra u otra cosa puedan hacer algo con eso. E impotente quiere decir que no vas a poder tener relaciones sexuales, osea no vas a poder meter más en tu vida.
Y no puedo ingerir cosas de soya, eso propicia el incremento de estradiol y de la aromatosa. Y se crea ese círculo vicioso. Tengo una amiga que aunque elegante está pasadita de peso. Digamos que bien pasadita, debe tener cantidades de estradiol en ese cuerpo cargado de tanta adiposidad. Y es vegetariana y todo y jode con que debo ser vegetariano y comerme todas esas comidas hechas de soya y otras mierdas, y con toda esa elegancia aprendí que si eres una gorda que come yerba como sustento primario, no deberias usar trajes blancos con manchas negras porque vas a parecer una puta vaca. Lamentablemente para ella tenía en mi cuerpo cantidades exageradas de estrógeno lo que me hace una bicha y esta inclinación por hacer sentir mal a las personas de tu propio género y así se lo espepité. ¿Estás insinuando que soy una vaca? No, le contesté, solo que lo pareces. ¿Se imaginan?
Para revertir este estado de changuería y esta feminización de mi ser, ingerí cantidades industriales de una sustancia anti-aromatosa que evita esta aromatización de los testos, esta trabaja contra la susodicha enzima impidiendo el trasvestismo de la testosterona en estrógeno, reduciendo (quizás matando) a las bichitas, los estrógenos. Es curioso como la testosterona que es un sustantivo femenino nos hace más masculino y el estrógeno que es un sustantivo masculino nos hace más femeninos.
Mis tetas se despidieron del cuerpo, le dimos la bienvenida a mis tetillas que se aferraban a mis nuevos músculos pectorales, aparecieron mis erecciones matutinas que ahora eran más inmensas que nunca. Ya no tenía que inventarme más excusas a la hora de hacer el amor (chingar para los que no entiendan). Excusas como; es que tengo stress, no es que estoy enfermo o me estoy cagando, nada de eso.
Los otros días tuve una erección involuntaria cuando me estaban atendiendo en Hacienda en unos de los cubículos. Bueno, ni tan involuntaria porque la tipa estaba bien buena y posiblemente ovulando y dejaba ver su escote asomarse entre el chaleco sexy-formal de su uniforme y como se marcaba unas conspicuas protuberancias en su blusa. Ella se dio cuenta, el bulto se veía saludable y me regaló una sonrisa, de esas como de un poco de complicidad y otro poco de compresión. Su busto comenzaba a soplarse como globo de cumpleaños, con su bizcochito con velas y todo. Quizás inconscientemente ella podría notar ese embarre de testosterona, ese olorcito que emanaba de mi piel que subconscientemente le sugería llevar a cabo ciertas acciones para mantener a nuestra especie fuera del peligro de extinción. Yo definitivamente sentía esa correntía de felonomas, estradol y estrógeno revolteandose dentro de ella, y así somos.
Vuelvo al gimnasio con estos conocimientos, soy omnívoro, amo la carne, soy un hombre y mi misión en esta vida es perpetuar la raza humana, cosa que hago mucho en calidad de simulacros. Llevo mis músculos hasta el punto máximo de fatiga y promuevo la rotura de sus células y ellas cicatrizarán y se producirá la hipertrofia gracias a un buen balance de nutrientes, enzimas y hormonas, especialmente la testosterona.
El six pack todavía está por salir, confío que en algún momento saldrá, como salen estos deseos intensos de copular. Ahora, mientras escribo, puedo divisar a la vecina del otro edificio, tengo un telescopio entre mis piernas y es hora de que vuelva hacer las paces conmigo mismo… y con mi vecina, y con mi auto, es hora de lavarlo, sin camisa...
…hola vecina.